martes, 11 de agosto de 2026

Vivimos en una época en la que la conspiranoia se ha erigido en hermenéutica suprema. El espectador contemporáneo, armado de foros, podcasts y algoritmos que confirman todos sus sesgos, ha decidido que los creadores de obras —cineastas, músicos, novelistas— son poco menos que médiums inconscientes de fuerzas ocultas. El artista, según esta nueva escuela del delirio, no sabe lo que dice. Es el parroquiano de Twitter quien, iluminado por alguna revelación esotérica a las tres de la madrugada, puede explicarle al director qué quiso decir realmente con su película. Las declaraciones del autor, por supuesto, carecen de toda relevancia: son cortinas de humo, coartadas o mentiras.

Imaginen por un momento el esperpento: escriben ustedes un poema —fruto de una noche de insomnio, de un amor perdido, de una melancolía cualquiera— y un desconocido se acerca para explicarles, con condescendencia casi pastoral, lo que en realidad quisieron decir. Les revelan, como quien descubre un secreto de Estado, el significado auténtico de su propia obra. Así opera la conspiranoia con el arte: apropiándose de la intención ajena y sustituyéndola por una mitología particular.

Lo más desconcertante de este fenómeno es su absoluta incapacidad para comprender cómo funciona el cine. La referencia, la inspiración, la imaginación narrativa, el préstamo cultural —herramientas que los artistas han utilizado desde siempre— se interpretan sistemáticamente como pruebas de culpa. Cualquier parecido con la realidad no es fruto de la observación del mundo, sino la huella dactilar del «primo negativo o primado negativo como les gusta llamarle», ese ente difuso que lo controla todo y del que nunca se dan detalles concretos.

Hace unos días le pedí a una inteligencia artificial que me recomendara la película más extraña de 2025. Me sugirió Bugonia, la última obra de Yorgos Lanthimos. La recomendación no me sorprendió demasiado. Sin embargo, su premisa -un joven obsesionado con las conspiraciones que secuestra a una poderosa ejecutiva convencido de que es una extraterrestre disfrazada- me golpeó con la fuerza de un déjà vu perturbador.

Aquella trama me arrastró inmediatamente hacia el imaginario de los reptilianos, los infiltrados extraterrestres y, lo que es más perturbador, hacia los parricidios donde el asesino, interrogado por la policía, declara con absoluta convicción que mató a su padre porque «era el diablo». También pensé en las enfermedades mentales que la conspiranoia en ocasiones instrumentaliza sin pudor: la bipolaridad, la esquizofrenia, los trastornos delirantes. Para una mente frágil, las teorías conspirativas pueden ser una bomba de relojería. El gurú de turno, con su podcast y sus millones de seguidores, pueden ser el detonante.

Y entonces me surgieron preguntas :

Primera: ¿realmente el conspiranoico cree las tonterías que propaga, o en el fondo sabe que son patrañas?

Segunda: Si hay tanta gente convencida de que fulanito o menganito es un extraterrestre infiltrado, ¿por qué no proliferan los casos como el de la película? ¿Por qué los secuestros de «reptilianos» parecen inexistentes en las comisarías del mundo real?

Tercera, y quizás la más inquietante: ¿sabemos, en el fondo, que los creyentes mantienen sus convicciones como una forma de entretenimiento existencial, y que su locura -si es que podemos llamarla así- no llega nunca tan lejos como sus palabras sugieren?.

La respuesta, me temo, es más compleja de lo que quisiéramos. Hay quizá creyentes sinceros que jamás pasarían a la acción. Y quizá hay otros, pocos pero suficientes, para quienes la ficción conspirativa se convierte en una hoja de ruta. La diferencia entre ambos grupos es, a menudo, una cuestión de química cerebral y de circunstancias.

Lo más revelador del visionado de Bugonia fue descubrir, al poco de terminar los créditos, que la película era un remake. La original, Save the Green Planet! (2003), es una joya inclasificable del cine surcoreano dirigida por Jang Joon-hwan. Y aquí es donde la reflexión da un giro incómodo.

En la versión coreana, el «extraterrestre» es un hombre: un empresario poderoso a quien el protagonista somete a métodos de «verificación» que hoy, trasladados a una mujer, habrían convertido la película en un pararrayos de polémicas. Los adaptadores occidentales -con Lanthimos al frente y Emma Stone en el papel de la supuesta alienígena- parecen haber comprendido que un remake fiel, con cambio de género incluido, habría sido imposible de sostener con la sensibilidad contemporánea.

En la cinta original, la novia del protagonista unta una crema en los genitales del secuestrado para supuestamente debilitar al alien. En otra escena, el protagonista le introduce por la puerta de atras un objeto metálico con forma fálica. Una escena brutal, grotesca y, en el contexto del cine coreano de principios de los dos mil, asumible como sátira extrema.

La adaptación occidental decidió omitir el untamiento genital y la dildoficación. A cambio, añadió otros elementos quizás más turbios que justificaran psicológicamente la locura del protagonista. 

La película me devolvió, como un boomerang, a un caso de la prensa histórica que leí hace años: una hija y una madre que asesinaron al padre alegando, que lo habían hecho porque «era el diablo», o un demonio, no recuerdo exactamente. No guardé aquella noticia en su día porque el periodismo de sucesos me resulta desagradable, y decidí entonces que esas temáticas no eran lo mío.

Hoy intenté recuperarla. No lo conseguí -tampoco, debo confesarlo, lo intenté con demasiada tenacidad-, pero Google me devolvió, como fragmentos de un mismo espejo roto, varios casos casi idénticos:

https://www.abc.es/espana/castilla-leon/abci-hombre-mato-padre-porque-creia-satan-ingresara-psiquiatrico-201808291346_noticia.html

https://www.elespanol.com/reportajes/20200702/mister-espana-vicente-padre-creer-demonio-hermana/501951217_0.html

https://www.telecinco.es/noticias/sociedad/20230717/vecinos-parricidio-vilafant-joven-problemas-mentales-hablaba-diablo_18_010062275.html 

Son casos reales. No son ficción surcoreana. No son sátiras de Lanthimos. Son la demostración empírica de que la creencia, cuando se injerta en una mente enferma, puede convertirse en algo mucho más grave que un comentario idiota en redes sociales. 

Películas : 

https://www.filmaffinity.com/es/film964057.html 

https://www.filmaffinity.com/es/film965959.html



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