Amazing Stories - September 1928
En este artículo os hablaré de los orígenes de la ciencia ficción, o lo que se ha llamado por algunos como "Proto-Ciencia Ficción" o ficción. En la mitología se encuentran numerosas historias que nos pueden recordar a la fantasía o ficción. En la mitología griega abundan las referencias a seres extraordinarios.
Platón nos describe la civilización de los Atlantes, avanzada, riquísima, imagen de la sociedad perfecta, que un cataclismo aniquila. Homero nos muestra al infatigable expedicionario Ulises viajando hasta el Más Allá, donde conversa con el alma de su madre y con la del profeta Tiresias, que le revela su vida futura.
Los Argonautas (seres extraordinarios como Linceo, que ve a través de la piedra, como Supermán), viajan en un barco.
Mapa de Abraham Ortelius, Ámsterdam 1597: en la esquina superior derecha dice Hyper Borei y muestra un continente que ocupa toda el área polar.
Entre los despojos de la literatura griega quedan títulos, fragmentos e incluso epítomes de ciencia ficción. Hecateo de Abdera (-IV) describía en De los hiperbóreos una remota utopía gobernada por sabios donde todo el mundo vivía en paz y practicaba la virtud. Por la misma época y parodiando la Atlántida de Platón, Teopompo daba noticia en sus Filípicas de la isla de Merópide, situada al otro lado del mundo, cuyos habitantes miden y viven el doble de los humanos, pueden invertir el curso de la vida ingiriendo un cierto fruto (es decir, que van rejuveneciendo, se hacen niños, luego bebés y desaparecen), y disponen de un ejército de diez millones de soldados que envían contra los pacíficos hiperbóreos y que regresa con las manos vacías, pues estos no tienen nada que pillar. Evémero (-III) contaba su viaje a la isla de Panquea, una utopía democrática, en la que, esculpida en una columna de oro, ve toda la historia de la Humanidad y cómo la memoria de los grandes hombres fue transformándolos en dioses. En La isla del Sol Yambulo encontraba en el Ecuador una raza feliz de gigantes calvos, osamenta flexible y lengua bífida (por lo que podían mantener dos conversaciones a la vez), que comparten todo, incluidas mujeres e hijos, no conocen la enfermedad y al cumplir los 150 años practican la eutanasia echándose sobre una planta adormecedora. Y Diógenes Antonio compuso un relato de fantasía viajera titulado De las cosas increíbles que se ven más allá de Thule en el que los protagonistas, después de pasar por España, donde encuentran a un pueblo de nictálopes, llegan al Polo Norte y se acercan a la Luna

Jan Brueghel el Viejo: Eneas y la sibila en el inframundo
(Aneas en de sibille in de onderwereld, ca. 1600).
Eneas, como Ulises, baja también a los infiernos, así como el emperador Claudio en la sátira que le dedica séneca. Plinio y Valerio Máximo recopilan portentos y Apuleyo, retomando un cuento de Lucio de Patras, describe en su Metamorfosis una transmutación (en asno) no de origen divino sino mágico.

Pero, de toda la Antigüedad, es Luciano (125/180) quien mejor representa la protociencia ficción. En uno de sus Diálogos, Ícaro-Menipo, el héroe vuela con alas de ave a la Luna y luego al Olimpo, donde ve cómo Zeus recibe las plegarias de los mortales por una especie de altavoces. Y en La Historia verídica, sátira de la novela de aventuras de su tiempo, cuenta cómo, tras una tempestad de 79 días en el Atlántico, llega a un país en el que halla viñas-mujeres, que gritan cuando se les coge un racimo, y cómo, arrastrada por un terrible huracán, su nave da en una isla que resulta ser la Luna. Allí se enlista en un ejército de selenitas que, a lomos de grifos tricéfalos, hace una expedición bélica al Sol para luchar contra sus habitantes y es hecho prisionero. Tras abandonar el Sol, Luciano continúa su viaje interestelar hasta la constelación de las Pléyades y luego a las Islas Afortunadas, al Infierno, en el que le muestran el lugar que ocupará después de muerto y habla con Homero y Ulises. Llega a la Isla de los Sueños y a otras, en las que vive aventuras no menos interesantes. En una de ellas observa un ingenioso sistema de navegación monoplaza: «Los nadadores estaban de espalda con un mástil entre las piernas, al que iba atada una pequeña vela que manejaban con la mano, con lo que podían navegar por el mar».